La biblioteca recomienda en Abril…”El peso del corazón” de Rosa Montero

En la mitología egipcia existía una escabrosa guía o manual conocido como el Libro de los muertos, que los fallecidos debían dominar en todos sus tortuosos recovecos, con sus oraciones, hechizos, palabras mágicas, conjuros, letanías, himnos y encantamientos para atravesar el inframundo y poder renacer a una segunda vida eterna junto a los dioses. El lance más peligroso de esa travesía era el llamado Juicio de Osiris, señor de los muertos y del averno, que preside el Tribunal que juzgará a quienes mueren para concederles o no esa segunda existencia.

En el juicio, el dios Anubis extrae mágicamente el corazón del fallecido y lo coloca en el platillo de una balanza, mientras que en el opuesto se deposita una ligera pluma de Maat, y el peso del corazón deberá ser más leve que ese grácil plumaje de contrapunto si el cadáver desea continuar su camino hacia la liberación de la muerte. El corazón representaba la vida que el difunto llevó, y ese corazón sería muy pesado de haber tenido una existencia apegada a lo material y los vicios. Si pesaba más que la pluma, se arrojaba al humano a la monstruosa Ammit, la devoradora de los muertos, la comedora de corazones, la desgarradora de millones de vidas. Solo una biografía justa permitía que el peso del corazón fuese ligero como una pluma y continuara feliz su viaje.

Este es el “peso del corazón” del último título de Rosa Montero -tomado no solo de la mitología egipcia, sino también de su interpretación en el Libro de los muertos, de Elías Canetti-, en cuanto que el hilo conductor íntimo del relato radica en la evolución del peso del corazón de su protagonista Bruna Husky, una androide de combate del siglo XXII con ojos de tigre que trabaja como investigadora privada y cuya existencia está tasada en diez inapelables años. La exploración en el proceso emocional de Husky recorre los escondidos recodos de su abrumado corazón que avanza hacia la libertad y la ligereza para superar su fijación obsesiva por la muerte. Toda la trepidante acción de la androide no es más que un encadenamiento de peripecias externas que descansan en el tormento de un corazón consciente de que es, en la célebre expresión de Heidegger, un “ser-para-la-muerte”. Cada día la androide cuenta las jornadas, minutos y hasta segundos que le quedan para el colapso, y eso exacerba una hiperactividad alimentada por su desesperación.

Se podría decir en este sentido -siguiendo la fórmula de Lautréamont de colocar una máquina de coser sobre una mesa de disección-, que El peso del corazón es una novela de “existencialismo pop”. Pop porque la trama se alimenta de la cultura popular de los medios de comunicación modernos, preponderantemente del cine. Los lectores de Rosa Montero saben que el personaje de la androide o replicante Bruna Hunsky proviene de su anterior novela de ciencia-ficción Lágrimas en la lluvia. Y ese título ya nos retrotraía, al instante, al filme de Ridley Scott Blade Runner, inspirado a su vez en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, del visionario Philip K. Dick, y no es esta la única película de ciencia-ficción que deja huellas en la narración de Rosa Montero. Elysium, de Neill Blomkamp, sería otra, entre las más recientes.el-peso-del-corazon-605x1024

Sin duda, la autora de “El peso del corazón” toma como referencia los filmes antes que las obras originales como la de Philip K. Dick, quien crea universos espectrales donde es imposible distinguir lo real de lo visionario. En palabras de otro grande de la ciencia-ficción, Stanislaw Lem, Philip K. Dick “no adopta el papel de guía de sus mundos fantasmagóricos y da la impresión de haberse perdido en su laberinto, donde el orden, como un antiGénesis, retorna al caos.” Bruna Husky vive en unos Estados Unidos de la Tierra donde proliferan la corrupción y la injusticia, pero donde es perfectamente posible diferenciar lo auténtico de la malversación, la verdad frente a lo fantasmagórico. De hecho, ella misma, como investigadora privada movida por un agudo instinto de sinceridad y certeza, contribuye a restaurar el orden destruido por la inmoralidad. Una niña contaminada de radioactividad conduce sus pesquisas hacia una red de tráfico de residuos nucleares a grupos terroristas ultrarreligiosos y ultranacionalistas de los confines de la tierra, que queda liquidada. Los terrores políticos de hoy no podían dejar de tener su lugar preeminente en una fantasía que no es distópica, porque el orden justo se puede recomponer gracias a un esfuerzo épico.

Esta actuación de la replicante Bruna Hushy viene a romper viejos preceptos de la ciencia-ficción. Egregios teorizadores, como el neoyorquino Lyon Sprague de Camp -estrecho colaborador de Isaac Asimov- había establecido que el androide ha de ser un producto sintético de forma vagamente humana, señalando que “la turbulenta horda de androides modernos desciende en línea directa del repugnante y malvado monstruo creado por Frankenstein. En todos ellos existe un denominador común: la idea de una criatura artificial que acaba volviéndose contra su dueño y lo destruye.”

Esa era la vía marcada por Blade Runner. Pero la androide de El peso del corazón quiebra ese esquema tradicional. En su conciencia de replicante, Bruna no se rebela contra sus creadores humanos ni les combate. Lucha por unos ideales comunes y erige una convivencia de naturaleza intercultural con ellos. Opera como una variante de lo humano guiada por los mismos instintos e idénticos valores morales, lo que le permite mantener relaciones sexuales y amorosas con distintos varones. El androide se ha transformado en una variación más de la “persona”, y el punto de vista del relato ha cambiado a esta persona androide femenina dotada de un saludable apetito sexual y sentimental.

Un fondo emocional de esta índole hace que “El peso del corazón” modifique otros preceptos del género. Por ejemplo el formulado por Kingsley Amis en su brillante ensayo New maps of hell –traducido entre nosotros como El universo de la ciencia-ficción-, donde nos dice: “Me permito apuntar la hipótesis sobre el cercano parentesco de la novela policiaca y la ciencia-ficción. En una y en otra la idea o la intriga se imponen a la caracterización del personaje.” Sin duda, el ensamblaje de lo policiaco en clave de serie negra se combina en El peso del corazón perfectamente con la ciencia-ficción, conservando el pulso del suspense vivo y acelerado en cada lance con una extraordinaria fluidez hasta el final. Pero esa intriga no ahoga la personalidad de la protagonista, sino que ambos aspectos encuentran un calculado equilibrio.

Reparemos en el nombre de la androide: Bruna Husky. Husky nos conduce a esa infatigable raza de perros adiestrados para tirar de los trineos en la nieve en el Círculo Polar Ártico. Son duros, fortísimos, preparados para recorrer sin descanso increíbles distancias. Siendo una de las razas de perro más próximas al lobo, es reacio a acatar las jerarquías, y no le agrada que lo mimen, prefiriendo simplemente que lo acompañen. Características todas ellas inequívocamente propias de Bruna, dotada en grado sumo de una independencia, autonomía y resistencia anhelados por muchísimos feminismos. Bruna no deja de ser un nombre menos simbólico que Husky. No solo indica su color de cabello moreno, sino también la oscuridad y naturaleza brumosa de su corazón.

Esto adquiere particular relieve cuando Bruna Husky descubre a su androide hermana o gemela: Clara Husky, que se nos presenta como: “Más clara, menos angustiada, menos obsesiva.” De rechazo, Bruna se nos muestra con todos los repliegues oscuros de su alma, perpetuamente desesperada por su esterilidad y la fecha de su muerte. Aquí se hace patente ese existencialismo (pop) abrumado por la condición mortal de la persona, por más que sea un androide. Rosa Montero lo subraya quitando las comas: “Sentía esa urgencia esa furia esa rabia esa angustia ese anhelo ese miedo.” Es esa angustia ante la muerte lo que convierte en pesado como el plomo su corazón. Está muy vinculado al tremebundo existencialismo de Elías Canetti, expresado en Masa y poder y el Libro de los muertos, al que Rosa Montero hace una referencia explícita: “Eres como el tigre aquel de la frase, que lo único que mira son los barrotes de su jaula, con tanta fijeza que ni parpadea.” La frase concreta de Elías Canetti en el Libro de los muertos es: “El ininterrumpido ir y venir del tigre ante los barrotes de su jaula para que no se escape el único y brevísimo instante de la salvación.”

Como Canetti, Bruna es la Enemiga de la Muerte, la que la combate, la que nunca se resigna a ella. “No hay ninguna resignación, sino solo desesperación” escribió el Premio Nobel búlgaro. Solo que esa rabiosa exasperación se metaboliza cuando Bruna Husky vence una parte del caos de la injusticia y llega a un amor correspondido. Aquí sin duda hay referencias en clave a la propia autobiografía de Rosa Montero, al amor y la muerte de su pareja Pablo Lizcano. Pablo se llama el ingeniero que transfiere su memoria personal a la replicante que acabará aceptándola como suya. Paul se llama el policía que desea Bruna y con el cual pasa del sexo al amor. Cuando todas estas circunstancias se conjugan, el aprendizaje emocional de Bruna da un gran paso adelante. Simbólicamente, ha de cortarse su propio brazo para salir de una trampa. La trampa era el odio enfermizo hacia la muerte. Siguiendo a Epicteto, un filósofo que gusta citar a Rosa Montero: “La fuente de todas las miserias para el hombre no es la muerte, sino el miedo a la muerte.”

Justo en esta línea, Bruna no se resigna a la muerte, sino que deja de someterse al miedo a la muerte. Aquí encuentra la respuesta a la pregunta de William Shakespeare que encabeza el libro: “¿Cómo borrar las angustias grabadas en el cerebro y limpiar el pecho oprimido de las materias peligrosas que pesan sobre el corazón?” La aceptación del amor, la no resignación al miedo a la muerte, al miedo en general, es la respuesta.

Entonces el peso del corazón de Bruna se aligera, se hace liviano. Ya está listo para un alegórico Juicio de Osiris en expresión vital, porque su peso es más tenue que una pluma, esa pluma de la diosa Maat que encarna lo verdadero y lo justo. Así lo transmite la autora al apuntar el aprendizaje de Bruna: “Y soltó una carcajada. Era la primera vez que Bruna Husky se reía tras hacer la cuenta de sus días de vida; se sentía tan ligera que hubiera sido capaz de echarse a volar. Era prodigioso comprobar lo poco que pesaba un corazón feliz.” Bruna está preparada para abandonar la morada psicológica de la muerte.

Por Rafael Fuentes. (www.elimparcial.es) 6/04/2015

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