La biblioteca recomienda en octubre… “Cuando llega la luz” de Clara Sánchez

Clara Sánchez explota en su nueva novela el filón narrativo que descubrió en la historia de un anciano y una joven atrapados en una red de viejos nazis refugiados en Dianium.cuando-llega-la-luz

Seguramente animada por el éxito que obtuvo con Lo que esconde tu nombre (Premio Nadal 2010), Clara Sánchez ha decidido seguir explotando ese filón narrativo que descubrió en la historia de un anciano y una joven que se ven atrapados en una red de viejos nazis refugiados en Dianium (Denia), entregándonos una continuación de sus peripecias en Cuando llega la luz.

Por supuesto, en esta nueva novela la autora se ocupa de entregarles a los lectores que desconozcan la anterior los datos necesarios que resumen la historia en sus hitos más sobresalientes, y cubrir también lo sucedido durante el año que transcurre entre una y otra: Julián ha ingresado en una residencia para la tercera edad y Sandra ha dado a luz a su hijo, Janín. El primero descubre que, tras la huida de los miembros de la Hermandad, al mismo tiempo que él, ingresaron también en Los Olivos otros dos viejos nazis, el Carnicero de Mauthausen y la alcohólica Elfe, a quienes periódicamente visitan otros de sus afines. La venganza tras la sospecha de que su amigo Salva fue asesinado por ellos moverá los pasos de Julián. Los de Sandra, que entretanto ha “normalizado” su vida a solas con su hijo, los moverá la nostalgia de la breve pasión vivida con Alberto, lo que la lleva a hacer una breve escapada a la casita de la playa, durante la cual todo retorna precipitadamente.

Son varias las sensaciones que deja la lectura de esta novela abigarrada y tupida, repleta de un buen número de personajes secundarios y docenas de figuras de reparto. La recreación del mundo de la residencia es pormenorizada, tanto en lo que atañe al escenario humano como a la vida cotidiana que allí transcurre, con atención a todas sus menudencias y pequeños ritos. Algo más reducido es el mundo de Sandra: el piso donde vive, el de su ex, la guardería donde lleva su hijo, la tienda de su hermana donde ella trabaja.

Clara Sánchez llena páginas y páginas con el reflejo de usos y costumbres (en su más amplio espectro), sin descuidar la atención a las emociones y sentimientos de los personajes, bastante primarias en su mayoría, quizá porque la autora se limita a registrarlas sin mayores pretensiones salvo la atención a la resonancia melodramática. El maniqueísmo afecta al trazado de los personajes alineados en cada uno de los bandos, lo que los hace un tanto indigestos. Inicialmente la acción es mínima (bascula entre la rutina presente y la recreación del pasado) y poco a poco empiezan a suceder cosas extrañas, cuya intensidad y número va creciendo, y que la autora dosifica conforme a pautas folletinescas, propiciadas en parte porque la narración corre a cargo de Julián y Sandra, que alternan sus voces, a las que se suma una breve intervención final de Lucy, la novia del ex de Sandra. Ello lleva a veces a relatar un mismo hecho o escena desde un doble punto de vista que por lo general no añade nada, por lo que estamos más ante una repetición que ante una variación o ensanchamiento del relato. Igualmente, el trajín propio de una historia de acción y complot que se mueve en un reducido marco espacial obliga a proyectar los múltiples vaivenes y sucesos sobre unos mismos espacios en un incesante retorno de (casi) lo mismo. Porque también la intriga tiene unas raíces muy endebles, con demasiados avatares fiados a la casualidad, pese a lo aparatoso de algunos episodios. Aun así, Clara Sánchez logra dilatarla considerablemente gracias a ese reflejo de la vida cotidiana de escaso interés, a inconvenientes e imprevistos, o empleando el recurso de la pausa escénica, aprovechada para insertar un recuerdo cualquiera.

El desenlace es verdaderamente llamativo, y la autora deja abierta la posibilidad de una próxima entrega. Lo más innecesario de todo es esta reflexión con moralina que cierra Cuando llega la luz: “Y es que hay un mal que es peor que el mal, porque lo sobrepasa y se mete dentro de una profundidad sin ley. Algo semejante al color negro absoluto, que no puede ser atravesado por ningún tipo de rayo. El mal absoluto disfrazado de bien, que sigue reinando entre nosotros cuando ya creemos que el mal a secas ha sido controlado”.

Sirvan también estas líneas como muestra del lenguaje.

Fuente: El País. Babelia 30/08/2016

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