La biblioteca recomienda en Junio: “Clavícula” de Marta Sanz

Clavícula, de Marta Sanz, trata del dolor y sus ramificaciones. Arranca con la percepción de un dolor físico, tan mínimo e impreciso como imperioso, que exige una exploración médica y requiere también de una indagación personal, pues de repente ese dolor ocupa el lugar central de la vida de una mujer próxima a la menopausia. Una mujer que es también esposa, hija, amiga, trabajadora y escritora. Sobre todo escritora, dado que es esta tarea la que ocupa y vertebra su día a día, según reflejan estas páginas. Y, por añadidura, una escritora muy apreciada ya por miles de lectores, que parece haber cumplido su sueño.

Sentir un dolor y referir ese dolor son los dos ejes en torno a los que gira Clavícula. Sentirlo físicamente en el propio cuerpo: los síntomas, su progresión y mutación con el paso de los días, las sensaciones que desata. Y también percibirlo fuera de él: en las miradas de los otros, en el afeamiento de la letra o en la economía familiar. Y desde luego, sentirlo anímicamente: los miedos que desata, la culpa inexplicable, e incluso una inflexión o posible víncu­lo ideológico.

En cuerpo y alma

¿Y cómo referir mi sufrimiento? Las reflexiones sobre escritura y dolor jalonan las páginas de Clavícula, un libro donde hay crónica, apuntaciones diarísticas, un cuento, retratos, lecturas y referencias a la obra propia o a otras afines al tema que la ocupa, autobiografía, correspondencia electrónica, sueños, confesión. Lógicamente, tal heterogeneidad implica diferencias. El cuento ‘Buscamos una amapola que no se marchite’ no me parece que encaje muy bien aquí. Corta demasiado la progresión de un proceso que justo a esa altura empieza a anclarse con firmeza. Además, ya lo hemos leído recientemente en otras partes.

Sí me han interesado mucho la relación entre escribir y padecer, que alumbra símiles y metáforas: “Escribo de lo que me duele. Hoy veo con toda claridad que la escritura quiere poner nombre e imponer un protocolo al caos. Al caos de la naturaleza, a la desorganización de esas células dementes que se resisten a morir, y al caos que habita en el orden de ciertas estructuras sociales”. Provoca interrogaciones a las que Marta Sanz intenta responder y dudas que aspira a despejar o aclarar: “Para quienes experimentamos la pulsión de la escritura, los dos caminos —la biología y la cosmética— están errados. (…) Ando buscando nuestra inmensa belleza entre este contubernio de palabras gratamente blasfemas y lenguaje corporal”. Y también genera algunas certezas: “… me gustan los libros que producen orzuelos. Los que abren estigmas en las palmas de las manos. Los que aprietan la garganta y nos cortan la respiración”.

Y obliga a un compromiso. Ya casi al final de su travesía, Marta Sanz descubre que podría haber aderezado u ordenado sus “entradas” de otro modo para hacer más novelesco su relato, aproximándolo al género de las novelas de detectives. Pero no es ese su propósito. Estas páginas son una indagación y “aspiran a operar como herramientas afiladas. Un trépano o un berbiquí. Describen un proceso, puede que una figura circular, y hablan de una persona. No de sus pasos de baile”.

Y este designio, sin duda, eleva y distingue.

Fuente: https://elpais.com/cultura/2017/04/17/babelia/1492447344_938096.html

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